He perdido la motivación. ¿Por qué?

Un día te levantas pensando: ¿Por qué he perdido la motivación para hacer esto, con la ilusión que me hacía al principio?

No eres el único que se ha visto en esas.

La motivación es (relativamente) fácil de generar. Lo que cuesta más es mantenerla.

Automotivarte es fácil cuando tienes ante ti algo que quieres hacer o cuando persigues un objetivo que ansías.

Incluso puede ser fácil cuando lo que vas a hacer no te gusta, pero piensas en las consecuencias de hacerlo (o de no hacerlo).

Lo que de veras cuesta es mantener el impulso. Porque la motivación necesita alimentarse continuamente y hay circunstancias que lo dificultan.

Vamos a ver algunas de peso.

Situaciones que nos hacen perder la motivación

Antes de seguir, ten en cuenta lo bueno. Las circunstancias son cambiantes.

De acuerdo. Hay circunstancias que desmotivan a cualquiera, pero no duran para siempre.

O bien se arreglan por sí solas, cuando aparezca o desaparezca algo en tu vida. O bien puedes ir empujando un poquito para promover el cambio que deseas.

Una persona tumbada en la cama, como si hubiera perdido la motivación para levantarse.

El mal estado físico

El cansancio y los problemas de salud, en general, drenan la motivación. Por muy ilusionado que estés, si el cuerpo no te sigue, no vas a ningún sitio.

Por eso, cuando tienes por delante un objetivo que demanda energías, has de tratar de estar lo mejor posible. En esto estamos todos de acuerdo.

¿Verdad?

El estrés

Estar estresado, nervioso, ansioso, además de hacer mella en la salud física, afecta a la motivación.

El exceso de responsabilidades; tener que tomar decisiones continuamente; los inconvenientes que salen al paso; la confusión entre lo urgente e importante, etc. Todo eso mina la motivación de cualquiera.

Aquí es donde se hace necesario aprender a manejar el estrés, en lugar de ser tú el manejado por él.

La procrastinación

A la procrastinación y la pereza hay que cogerlas con pinzas. Porque puede ser que una persona, simplemente, tenga el mal hábito de procrastinar.

Pero también puede ocurrir que procrastine por otras razones.

Por ejemplo:

  • La falta de confianza en sí mismo. En su fuero interno, la persona no se cree capaz de conseguir lo que se ha propuesto y de ahí surgen las excusas: No tengo tiempo. No sirvo para eso. Tengo otras prioridades, etc.
  • La pérdida de interés: El objetivo que era tan apetecible ha sido reemplazado por otro/s más motivadores.
  • La falta de resultados positivos: La persona tiene la sensación (o la certeza) de que no ha avanzado en su objetivo de acuerdo con sus expectativas iniciales. Por lo tanto, la motivación pierde fuelle.

¿Cuál es mi caso o el tuyo?

La reacción de los demás

La opinión de los demás sirve tanto para motivarnos como para desmotivarnos.

Para una persona es difícil mantener su motivación cuando su esfuerzo no es valorado, cuando es criticado (o incluso menospreciado), cuando no es apoyado, etc.

Si la persona se sustenta en las valoraciones de otros y estas son negativas, es fácil que pierda la motivación.

Esto podría arreglarse liberándose en la medida de lo posible del «qué dirán». Pero hay situaciones en las que esto no es admisible. Por ejemplo, en un trabajo donde uno tiene que hacer las cosas al gusto de quien manda.

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Hemos visto algunas circunstancias, de tantas que hay, que arrasan con la motivación y el entusiasmo inicial.

Por ahí es por donde hemos de empezar a recuperarnos cuando perdemos las ganas de seguir adelante: por preguntarnos las razones.

Ese es el modo de buscar soluciones y, quizás, otras fuentes de motivación que nos impulsen de nuevo.


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