Poca cosa para tanto drama

Tu perro ha mordisqueado todos tus calcetines nuevos. Un atasco de tráfico te ha atrasado toda la mañana. De vuelta a casa, descubres que se ha roto la nevera… ¡Qué día tan horrible!

¿Sabes? No es para tanto.

Poca cosa para tanto drama

Tarde o temprano, te darás cuenta de la cantidad de malos ratos que sufriste por engorros sin importancia. Eso, si no lo has descubierto ya.

Porque, a pesar de nuestras diferencias, todos llegamos a ese día en el que nos preguntamos: ¿Por qué me preocupé? ¿Por qué lloré, me alteré, me desesperé… por una tontería?

calcetines

Tonterías, sí. Muchos de nuestros problemas son nimiedades. Y, ahí estamos, haciéndolos grandes, dándoles una importancia exagerada…

Instantes previos a que el drama estalle

A veces, con un sólo estímulo o con un sólo pensamiento espontáneo encendemos una chispa con la que explosiona todo un polvorín de malestar.

Por ejemplo, una persona te suelta una impertinencia, que para el caso podría ser la “mecha”. Ahí te la deja para que tú pongas la chispa y explotes.

Pero, ¿y si no te da la gana de encenderla?

Si la enciendes, empiezas a darle vueltas a porqué habrá dicho semejante barbaridad, a si tendrá o no algo de razón, a cómo vas a actuar la próxima vez que lo veas…

¡Boom! Un rato de malestar está servido.

En caso de que decidas volcar tu energía en otras cuestiones, puedes ahorrar en dramas por asuntos de poca monta. Así que, cuando tengas la mecha en frente, respira con calma y frena el impulso de encenderla.

explotar

Más ejemplos:

El día está siendo espantoso. No puedes dedicarte a lo que tenías pensado hacer. O bien, has perdido el tiempo porque no te has organizado. ¡Qué frustración! Te dan ganas de tirarte de los pelos.

Freeeena. Deja la mecha. Ponte a pensar en qué puedes hacer en las horas que quedan. O bien, haz un plan para que mañana no te pase lo mismo.

Otro:

Te consumen los problemas. Crees que ya no tienes fuerzas para tirar de ellos. Estás a puntito de mandarlo todo a la porra, de lo mal que va.

Espera. Desconecta un poco de tus problemas echándole una mano a otra persona que ande apurada. Además, con eso verás tus recursos y habilidades en acción, y recordarás que están ahí.

Otro más:

Estás desolado porque nadie te tiene en cuenta. Apenas si te prestan atención. Ante ti ves un precipicio de amargura al que lanzarte.

Quieto, un momento. Deja de tomarte a los demás o a ti mismo tan en serio. Busca una actividad con la que estar a gusto, otras oportunidades para sentirte bien o, tal vez, otras compañías (si no te van las que te rodean hoy).

Lo dicho: tienes más opciones. Si esperas un poquitín antes de encender la mecha del drama, podrás verlas.

Es que a veces nos llevamos disgustos horrorosos por pequeñeces. Y quizás nos sigamos llevando alguno que otro. Pero, si nos podemos ahorrar unos poquitos berrinches, mejor.

Yo no nací sabiendo esto. Lo he aprendido con el tiempo.

Antes me estresaba o me molestaba por una mala crítica, por un plantón, por una avería casera, por el escándalo de los vecinos a media noche… y chorradas del estilo.

Ahora, a pesar de seguir cometiendo muuuuchos errores, soy más selectiva. Es una de las ventajas de hacerse mayor: Situaciones que antes me afectaban y me parecían importantes, dejaron de tener una relevancia mayúscula.

Si el “problema” en cuestión no amenaza directamente mi supervivencia o la de las personas que quiero, es un problema de segunda. Poca cosa para tanto drama.

Y, ya te digo… Si esta lección aún no ha aparecido por tu vida, algún día lo hará. Ojalá que también tú le saques buen provecho. 😉

Imagen de zoomar


Categoría: