Escuchar sin prisa no es tan sencillo en estos días en los que nos hemos acostumbrado a lo rápido.
Estás contando una historia o intentando explicar tu punto de vista sobre una situación compleja. De repente, la persona a quien le hablas salta como un resorte a dar su opinión sin dejarte terminar.
Qué molesto es.
Hambre de atención y de velocidad
Lo mismo que lo hemos vivido de un lado, lo hemos vivido del otro. Alguna vez, a ver quién no ha interrumpido el discurso de quien estaba hablando.
Pudo ser porque se tratara de un tema que le apasionara, porque la conversación se había atascado en un punto, porque estaba aburrido… o a saber.

Todos lo hemos hecho ocasionalmente. Lo fastidioso del asunto es tomarlo por costumbre: escuchar, más que con la intención de enterarse, con la intención de responder.
La gente que hace esto no está prestando demasiada atención. Está demasiado ocupada pensando en qué va a contestarle al otro. Y, en cuanto tiene en mente la respuesta indicada, ¡ZAS!, interrupción al canto.
En conversaciones simples e informales esto tiene menos importancia. Se supone que uno no se pierde información importante. No obstante, no deja de ser un gesto desconsiderado.
Ahí está mi amigo, que merece sus minutos de atención, contándome qué le pasó el domingo en la playa. Y yo le interrumpo para contarle una anécdota mía, que es más interesante… y merece más atención, según yo.
Relacionado: Deja que el otro termine de hablar sin cambiar de tema.
Escuchar bien no es tan sencillo
Así estamos en este mundo competitivo: Todos hablando y disputándonos la atención, que es un recurso muy escaso, ya que son pocos los que escuchan. Aunque este es otro tema.
En conversaciones formales o más sustanciosas, prestar atención a quien habla es mucho más necesario. De no hacerlo, podemos perdernos información o detalles no verbales esenciales para comprender apropiadamente el mensaje.
El tono de sus palabras, los gestos… Hay información que pasamos por alto cuando dividimos la atención entre la escucha y procesar los pensamientos que nos corren por la cabeza.
Sabemos esto. No obstante, practicarlo es difícil. La velocidad a la que pensamos es mucho más rápida que la de discurso.
Quien nos habla tarda más en contarnos lo que piensa que nosotros en procesarlo. Y, claro, es fácil que nos distraigamos pensando otras cosas mientras escuchamos.
¿Qué tal si escuchamos mejor?
La propuesta es seguir practicando para mejorar esta habilidad. Los “ingredientes” de la escucha activa ya los conocemos:
1. No interrumpir: Dejarle a la otra persona el espacio que necesite y no empezar a hablar hasta que termine de contar lo suyo (salvo en casos excepcionales).
2. Centrarse en el mensaje: Dejar de pensar en posibles respuestas, para meterse por completo en lo que está diciendo el otro.
3. Mostrar interés: La otra persona percibe que le prestamos atención cuando mantenemos el contacto ocular, asentimos, etc.
4. Hacer preguntas: Profundizar en lo que nos ha dicho nos sirve para elaborar una respuesta más acertada. Y, además, es una manera de demostrarle al otro que nos interesa él/ella y lo que nos está contando. (Muy importante, ¿no?)
5. Permitir los silencios: En una conversación es natural que se produzcan pausas. Como “escuchantes” nos pueden servir para pensar la respuesta, si es que vamos a dar alguna.
¿Cuándo fue la última vez que te escucharon sin prisa y con muchas ganas de saber de ti?
¿En serio? ¡Cuéntame más!
Una sonrisa de oreja a oreja. Los ojos, haciendo chiribitas. Así es como se presenta una amiga para anunciarle a la otra que ha comenzado a salir con el chico que le gusta.
La que recibe la noticia se entusiasma con la novedad: ¿En serio? Cuéntame más. ¡Quiero detalles!
¿Te suena esta situación, aunque sea de haberla visto en las series de la tele? A mí me resulta muy simpática. Y un ejemplo claro de cómo la fascinación y la curiosidad de la segunda amiga hace que las dos salgan ganando, en este caso.
La amiga enamorada, deseosa de compartir su experiencia, se encuentra con alguien que desea escucharla con lujo de detalles. Alguien con verdadero interés.

¿Cuándo fue la última vez que tú sentiste la necesidad de contar tu historia y te encontraste con una persona tan receptiva? ¿Tanto, que quiso que te extendieras más allá de lo esencial?
En tu caso, no sé. En el mío no abundan este tipo de conversaciones, aunque sean menos exageradas que la del ejemplo.
No abundan. Unas veces, porque voy a contar mi historia y la otra persona me “aparta” enseguida para hablar de lo suyo. Otras, porque es a mí a quien le faltan curiosidad y/o generosidad para escuchar con atención.
Escuchar sin prisa es generoso
Escuchar es un acto muy generoso. Especialmente, en estos días de comunicaciones rápidas, donde todos queremos que nos hagan caso y que nos den un espacio para explicarnos.
Yo fallo en esto cuando me hablan de un tema que, por mucho que quiera, no me emociona (como el fútbol) o cuando me cuentan por quinta vez un mismo problema, por ejemplo.
Y, sobre todo, fallo cuando me da miedo meter las narices demasiado. ¿Qué tal que a la persona no le apetezca contar nada más sobre la experiencia y yo la presione?
Tal vez, no me doy cuenta de que eso es lo que está necesitando en ese momento. De que es él/ella quien teme importunarme a mí “soltándome el rollo”. Y, en ese instante, está buscando en mí alguna señal de que me interesa su historia.
De vez en cuando, todos necesitamos que nos escuchen así, sin prisa, con atención, con hambre de saber más.
En resumen: Prescindamos de las prisas y escuchemos al otro. Si queremos atención, seamos capaces de dar atención. Nuestras conversaciones serán más ricas y nuestras relaciones ganarán con ello.
Espero que te guste la propuesta.
Imagen de tanakawho



